Víctor Cáceres Lara

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Biografía:


Víctor Cáceres Lara, 1915-1993, es un intelectual símbolo de los estudios históricos en Honduras, porque su dedicación a la investigación documental se enfocó a la vida política del período republicano. Un investigador y documentador comprometido con la vida institucional de los gobiernos del nacimiento y consolidación del Estado nacional. Del comportamiento de los gobernantes ante sus promesas formuladas en el discurso al momento de la toma de posesión, escogió la línea de trabajo documental en sus obras históricas. De los logros y fallos valoró la gestión gubernamental de cada jefe de Estado o presidente de la época republicana. Narrador, cuentista, poeta, catedrático, periodista, historiador, político y diplomático; son aspectos de su fecunda personalidad en la vida intelectual hondureña. Nació en la ciudad de Gracias, el 19 de febrero de 1915; sus padres, el coronel Jesús Cáceres Trejo y doña Victoria Lara. Graduado de maestro de Instrucción Primaria en el Instituto “Ramón Rosa”. Durante el primer período de su vida, 1932-1940, se desempeñó como docente en la escuela “Presentación Centeno” de su nativa ciudad, en donde fundó el semanario “Brisas de Celaque”. Ejerció la actividad académica en la Escuela Normal de Occidente en La Esperanza, Intibucá. En busca de mejores oportunidades se radica en San Pedro Sula donde dirige los semanarios “Gaceta Municipal” y “Unión Nacional”; alternando la docencia en los institutos José Trinidad Reyes y “El Evangélico”. Publica en San Pedro Sula sus primeras obras en la editorial de sus paisanos, los hermanos Pérez Estrada (Tito y Héctor). Se desempeñó en el cargo de jefe de Redacción del Semanario “El Sampedrano” y es asiduo colaborador en temas de clara orientación histórica en los periódicos “El Norte”, Diario Comercial, Diario Nacional, y del Semanario “El Heraldo”; además de colaborar con la revista Pedagógica “Sinergia”.

En ese período, escribe una columna en los diarios “El Comercio” y “El Trabajo” de Santa Rosa de Copán. Su relación con los hermanos Pérez Estrada en el quehacer de los estudios historiográficos es importante e influyente. Publican reseñas sobre historia, personas y hechos de la vieja audiencia de los confines. Se interesan por rescatar la figura del capitán general don José María Medina; a quien Rómulo E. Durón y Félix Salgado parecen haber satanizado. Su labor en la prensa sampedrana es bien apreciada, más sus contactos políticos dentro del Partido Nacional en la ciudad de Gracias y Tegucigalpa, lo hacen figurar en las listas de candidatos a diputados por el departamento de Lempira. Sale electo diputado para el período 1948-1954, y se traslada a Tegucigalpa.

Es miembro del Pen Club de Honduras, y escribe en la revista La Pajarita de Papel, su órgano de divulgación. Su nombre ya aparece en la antología de poetas jóvenes de Honduras desde 1935 publicada por Claudio Barrera en 1950. Entre sus actividades a destacar durante su desempeño como diputado, es formar parte del trío de diputados (Pérez Cadalso, Cáceres Lara y C. Bonilla) que emocionan para crear los premios nacionales de Arte, Ciencia y Literatura. Sus relaciones con destacados hombres como Julián López Pineda, su coterráneo, refuerzan sus contactos políticos al más alto nivel dentro del Partido Nacional en el poder. Para el año 1952 publica su libro de cuentos “Humus”, de cuyo contenido la crítica literaria lo ha elogiado como representativo de la corriente criollista. A raíz del conflicto político para definir el candidato presidencial del Partido Nacional en las elecciones de 1954, Caceres Lara toma posición a favor del general Abraham Williams Calderón, y dirige el semanario político “Opinión Democrática”, vocero del Movimiento Nacional Reformista. Se desempeña de jefe de Redacción, subdirector y director de diario “El Día”. Ejerce la docencia en el Instituto Central de Varones “Vicente Cáceres”. Es incorporado a la Academia de Geografía e Historia de Honduras, y miembro de número de la Academia Hondureña de la Lengua.

Es presidente de la Asociación de Prensa Hondureña, APH. Durante el gobierno de Julio Lozano Díaz es nombrado ministro plenipotenciario y embajador en Venezuela, en cuyo cargo permanece entre 1955-1958.

Después del golpe de Estado del 3 de octubre de 1963 es nombrado director general de correos hasta 1970. Colabora en el periódico “El Nacional”, órgano oficial del Partido Nacional. En esas páginas encontramos muchos trabajos sobre historia nacional, crítica literaria y anecdotario político.

En la década de 1960 colaboró en las revistas Surco y Extra. Es electo diputado por Lempira y forma parte de la junta directiva del Congreso en calidad de vicepresidente durante el período 1971-1972. Al inaugurarse el Centro de Estudios Generales de la UNAH es nombrado catedrático de Historia Nacional. Miembro de la directiva del Instituto Hondureño de Cultura Hispánica. Premio “Alejandro Castro”; premio “Céleo Murillo Soto” en 1976. Condecorado con la Orden José Cecilio del Valle en 1979. Secretario de Estado en los Despachos de Cultura y Turismo en la administración de Roberto Suazo Córdova, 1982-1986. Miembro correspondiente de la Academia Hispanoamericana de Letras de Bogotá, Colombia.

Por su contribución a las letras latinoamericanas y la divulgación del conocimiento histórico, fue condecorado por los gobiernos de Chile y México. Es un reconocido miembro de la generación Literaria del “35” socio de la Asociación de Bibliotecarios y Archiveros de Honduras. Su obra es fuente permanente de consulta entre los estudiosos de la historiografía nacional. Es continuador de la obra de Rómulo E. Durón en el modelo de Efemérides de los acontecimientos que marcan un antes y después en la vida institucional y política de Honduras. Mucha de su contribución a la historiografía nacional está dispersa en periódicos y revistas que durante más de 60 años dedicó como una constante vocación a favor de la cultura histórica hondureña. Fue un hombre muy cordial con quienes le pedían o solicitaban un dato, un comentario sobre sucesos históricos, o dictar una conferencia sobre determinados períodos de la vida nacional. Era todo un caballero en el sentido estricto del término. Pese a su militancia política en el Partido Nacional su conducta como académico y recio historiador no fue afectada por el sectarismo o intransigencia ideológica. Porque él siempre tuvo esa frase amable y cordial con quienes se acercaban a solicitarle un favor; incluso con aquellos que cuestionaban su oficio de historiador. El investigador sobre temas históricos John Moran, destaca que don Víctor le mostró algunos documentos de la campaña electoral de 1902, en donde los candidatos Manuel Bonilla Chirinos, Juan Ángel Arias y Marco Aurelio Soto se disputaban la presidencia de la República.[1]

Y por cuya sugerencia, el historiador Moran está preparando un trabajo sobre esa campaña electoral que inaugura el siglo XX en Honduras con signos de tragedia. El escritor y pedagogo Mario Membreño, nos señala: “En el año que fui alumno del Instituto José Trinidad Reyes, conocí a Víctor Cáceres Nieto, que era hijo de don Víctor Cáceres Lara quien ya, desde entonces, tenía la reputación de ser un gran maestro, un gran periodista e historiador de reconocido prestigio” (perfiles de líderes populares. Mario Posas, (compilador). Fundación Friedrich Ebert. 2003. p. 266). Murió en la ciudad de Valle de Ángeles el 10 de mayo de 1993. Su espíritu está presente en la prolífica obra que fortalece la cultura histórica nacional, y cuya conmemoración en el primer centenario de nacimiento, 1915-2015, estamos comprometidos a evaluar su obra y permanencia en la cultura histórica; y rescatar sus trabajos dispersos en los periódicos, seminarios y revistas nacionales en una antología que exprese a las nuevas generaciones de escritores e historiadores la rigurosidad de su oficio como historiador.

Muy posiblemente las instituciones de las cuales formó parte, celebrarán su centenario con nuevas ediciones de sus trabajos intelectuales. Mientras tanto, la ocasión es propicia para que la iniciativa de “Gracias Convoca”, coordinada por el poeta Salvador Madrid, considere celebrar un conversatorio en el propio lugar de nacimiento del historiador, poeta, narrador, catedrático, periodista y diplomático don Víctor Cáceres Lara.

Su figura en las letras nacionales lo demanda.

 Contexto histórico:


Durante el gobierno de Julio Lozano Díaz es nombrado ministro plenipotenciario y embajador en Venezuela, en cuyo cargo permanece entre 1955-1958.

Gobierno de Julio Lozano Díaz


 Lozano Díaz comenzó su periodo como presidente con una amplia base de apoyo que erosionaron rápidamente. Dio a conocer un ambicioso plan de desarrollo a ser financiadas por préstamos internacionales y el aumento de impuestos. Un Consejo de Estado, encabezado por un miembro PLH, pero incluidos los miembros de los tres principales partidos, fue nombrado para reemplazar el congreso suspendido hasta que una asamblea constituyente fuese elegida para escribir una nueva constitución.

De alguna forma, Lozano Díaz mantuvo el programa de reforma de los años anteriores, dando así continuidad a la administración Gálvez. Se extendió el voto a las mujeres el 25 de enero de 19555 y se introdujo una Carta Fundamental de Garantías del Trabajo en 1955, la cual abarco prácticamente todos los aspectos de las relaciones laborales desde el salario mínimo hasta la negociación colectiva.

En el mismo año, se dio un consejo nacional económico después paso a convertirse en el Consejo Superior de Planificación Económica (CONSUPLANE). este organismo fue fundado para proporcionar las bases de la planificación económica ante la Alianza para el Progreso, condición necesaria para el acceso a desembolsos de ayuda económica.

El 31 de diciembre de 1955 el Jefe de Estado Julio Lozano Díaz, desde su residencia de Villa Royse dirigió a la nación mediante una emisión radial, finalizando así un año caótico y afirmando, los siguiente en su discurso: “…Gran parte de nuestro pasado político tiene mucho de la maldición de las dos ciudades7 destruidas y por lo mismo debemos olvidarlo. No volvamos la mirada hacia atrás.

Lozano, sin embargo, pronto dejó claro que no tenía ninguna intención de entregar el poder en elecciones libres, organizó su propio partido (Partido Unión Nacional, o PUN) y contó con el apoyo de las compañías bananeras y “la burguesía disidente del partido nacional.” Lozano limito las actividades de otros partidos políticos y, en julio de 1956, Villeda Morales y otros líderes PLH fueron arrestados y llevados de repente en el exilio. Unas semanas más tarde, el gobierno aplastó un levantamiento de 400 soldados en la capital. La opinión pública, sin embargo, se estaba convirtiendo cada vez más hostil al presidente, y los rumores de su inminente caída había comenzado a circular.[2]

Tras el levantamiento de agosto 1956, la salud Lozano Díaz comenzó a deteriorarse, pero se aferró tenazmente al poder. Las elecciones para la legislatura en octubre fueron boicoteadas por la mayoría de la oposición, que denunció que el proceso fue abiertamente amañadas para favorecer a los partidarios del presidente. Los resultados parecían confirmar estas acusaciones, ya que el PUN fue declarado ganador de todos los cincuenta y seis asientos del Congreso. La alegría de sus victorias sin embargo, fue muy corta.

Golpe de estado y muerte de Julio Lozano Díaz


 El 21 de octubre, las fuerzas armadas, dirigidas por el director de la Escuela Militar, General Roque J. Rodríguez, el comandante de la Fuerza Aérea, Coronel Héctor Caraccioli y por el Mayor e ingeniero, Roberto Gálvez Barnes, hijo del ex presidente, derrocaron a Julio Lozano Díaz y establecieron una junta militar para gobernar el país.

Este golpe marcó el inicio de la ‘intervención directa del ejército en la vida política del país. Asimismo, por primera vez, las fuerzas armadas había actuado como una institución y no como el instrumento de un partido político o de un líder individual.

Los nuevos gobernantes representaban a los elementos más jóvenes, más nacionalistas y reformistas del ejército. Todos ellos habían sido producto de la profesionalización del ejército llevado a cabo en las décadas de 1940 y 1950. La mayoría había recibido algún tipo de formación militar por asesores militares norteamericanos, ya sea en Honduras o en el extranjero. De esta manera comenzó lo que en las próximas décadas seria el comienzo del intervencionismo militar en de la política hondureña. 2

Julio Lozano Díaz y su esposa, fueron exiliados, partiendo hacia la ciudad de Miami, en los Estados Unidos de América, donde a los pocos meses murió en dolor de abandono y de soledad.

Golpe de Estado 1963


Precisamente ocho días después del golpe de Santo Domingo, el 3 de octubre de 1963, las fuerzas armadas de Honduras reprodujeron el drama en Tegucigalpa. El libreto apenas sufrió cambios de menor importancia. También aquí la acción comenzó a las tres de la madrugada, y los principales actores fueron nuevamente los oficiales de la fuerza aérea. Dos escuadrones de aviones de caza volaron sobre el palacio presidencial, advirtiendo al Presidente que debía rendirse si no quería sufrir un bombardeo, mientras las tropas del ejército dominaban a la guardia civil.

A las 5 de la mañana la voz del comandante en jefe de las fuerzas armadas, coronel de la fuerza aérea Oswaldo López, proclamó por radio a la nación que las “patrióticas fuerzas armadas habían intervenido para acabar con las flagrantes violaciones de la Constitución y la evidente infiltración comunista”. En respuesta al creciente “clamor e inquietud del pueblo, ya la anarquía”, agregó López, las fuerzas armadas habían resuelto salvar a la patria e impedir el fraude que se preparaba para las elecciones presidenciales que debían realizarse el 13 de octubre. El presidente Ramón Villeda Morales, cuyo período presidencial debía expirar ochenta días después, y Modesto Rodas Alvarado, el favorito en la sucesión, fueron llevados por la fuerza aérea al exilio en Costa Rica. Se suspendió el llamado a elecciones; se disolvió el Congreso; fue abolida la Constitución de 1957; y López se proclamó presidente provisional.

Lo mismo que en el caso de la República Dominicana la explicación ofrecida por las fuerzas armadas sobre los motivos de su intervención no soportan el menor análisis. Pues durante los seis años de ejercicio del poder el presidente Villeda había librado una guerra permanente contra los comunistas. En su condición de demócrata doctrinario, había denunciado insistentemente a los comunistas y a los castristas, y había atacado sus actitudes y sus métodos. Lo mismo que Bosch, prefirió afrontarlos con arreglo a las disposiciones legales, utilizadas eficazmente por él para eliminarlos de la burocracia y de los sindicatos de obreros bananeros. Es verdad que algunas pequeñas bandas de guerrilleros castrocomunistas habían actuado esporádicamente en el campo, pero el campesinado favorable al gobierno y las fuerzas armadas no necesitaban esforzarse mucho para mantener el control de la situación.

También había reuniones y demostraciones políticas en la capital, pero el hecho era perfectamente normal, habida cuenta de que se aproximaban las elecciones. Aparentemente no había indicios de que pudiera alterarse el orden público. Por supuesto, el golpe mismo impidió comprobar las acusaciones en el sentido de que era inminente el fraude electoral.

Tan pronto se examinan en una sumaria perspectiva histórica los elementos políticos y sociales esenciales de Honduras, es evidente que las razones enunciadas públicamente por las fuerzas armadas para intervenir fueron esencialmente superficiales, y que las mismas sólo buscaban disimular las razones fundamentales.

Hasta 1954, Honduras fue sin duda el estereotipo de una “república bananera”. La industria bananera era el mayor y el único empleador en gran escala en la nación; las bananas suministraban la principal actividad comercial, la única exportación importante de la nación. La estructura social estaba formada por una pequeña minoría terrateniente, un millón y medio de campesinos mestizos, analfabetos, carente de interés en la cosa política y tremendamente pobres, y por una insignificante clase media. La política pertenecía al género que se practica con la ametralladora en la mano, y era el juguete del ejército de 5.000 hombres, que desde la Segunda Guerra Mundial en adelante comenzó a adquirir tanques y aviones. Los únicos grupos de intereses organizados –los bananeros, los terratenientes y los generales– a pesar de sus frecuentes rivalidades y disputas, conseguían controlar políticamente a la nación a través del Partido Nacionalista.

El primer desafío serio al sistema tradicionalista surgió en 1954. Ese año los frustrados intelectuales y profesionales incitaron a los grupos más pobres a que votaran por su Partido Liberal y por el candidato presidencial de éste, Ramón Villeda Morales. En las elecciones de 1954, Villeda Morales conquistó el primer lugar aprovechando que los generales dividieron temporariamente al Partido Nacionalista. Ante la amenaza de la izquierda, los nacionalistas ignoraron la disposición constitucional respecto de los resultados de las elecciones, 1 y simplemente instalaron en el poder al vicepresidente Julio Lozano. Esta actitud determinó que los jefes del Partido Liberal hicieran causa común con los inquietos oficiales jóvenes, dirigidos por el mayor Oswaldo López. Este último expulsó en 1956 a los generales y a Lozano, y encabezó una Junta que gobernó hasta diciembre de 1957. Luego se transfirieron los poderes ejecutivo y legislativo a Villeda Morales y al Partido Liberal, los triunfadores por abrumadora mayoría en las elecciones presidenciales y parlamentarias de 1957.

Pero los activos jefes militares rebeldes no tenían la menor intención de abdicar el tradicional papel de las fuerzas armadas como árbitros políticos, o de permitir que las autoridades civiles se entrometieran absolutamente en las instituciones armadas. Y Villeda Morales tuvo astucia suficiente para comprender que su permanencia en el poder dependía de que tolerara la actitud de las fuerzas armadas.

Cortejó la buena voluntad de los militares; tuvo en cuenta la preocupación que ellos sentían por el orden público, y en consecuencia atenuó el tono de las promesas realizadas durante su enérgica campaña, en el sentido de una rápida reorganización de la sociedad y las instituciones anacrónicas de Honduras. Actuó lentamente, introduciendo modestas medidas de bienestar social, y buscando la cooperación de los nacionalistas en todos los planes para llevar a cabo la reforma de las estructuras económicas, sociales y políticas.

No se opuso a la tradicional autonomía de las fuerzas armadas. En cambio, recomendó a un Congreso igualmente obediente y atemorizado que asignara a los militares la habitual cuarta parte del presupuesto nacional, sin formular preguntas respecto del modo de inversión de los fondos.

Pero cada vez era más difícil gobernar el Estado en vista de la existencia de dos organizaciones políticas autónomas: el Partido Liberal y las fuerzas armadas. Desde el principio los oficiales conservadores discreparon públicamente con el Presidente. En el transcurso del año 1959 Villeda apenas logró sobrevivir a cuatro intentos de derrocarlo. El último fue obra de la policía, la que posteriormente fue disuelta para formar una nueva guardia civil de 2.500 hombres. A medida que los jefes de las fuerzas armadas gravitaban nuevamente alrededor de su tradicional base, el Partido Nacionalista, el aprensivo Presidente y su Partido Liberal comenzaron a convertir a la guardia civil en una suerte de contrapeso. Cuando Villeda Morales resolvió que esta última supervisara las elecciones presidenciales, la enemistad entre la guardia civil y las fuerzas armadas precipitó la crisis, pues las fuerzas armadas, tradicionales garantes y celosos defensores de la integridad de las instituciones del país, se habían visto privadas de una de sus habituales funciones.

Durante la campaña apareció otra amenaza a las fuerzas armadas, en la persona del candidato presidencial del Partido Liberal, Modesto Rodas Alvarado. Alentado por el abrumador apoyo de los campesinos, los obreros y la baja clase media, prometió acelerar el ritmo de las reformas y transformaciones. Prometió suspender la colaboración con los nacionalistas, aplicar inflexiblemente los programas agrario e impositivo que habían sido formulados poco antes por el presidente Villeda y aprobados de acuerdo con el programa de la Alianza para el Progreso. Los alarmados moderados se separaron de los liberales y organizaron el Partido Republicano Ortodoxo; pero a pesar del cisma, que anticipaba que Rodas triunfaría fácilmente. Cuando se señaló que las fuerzas armadas podían tomar partido si el programa provocaba resistencia de la derecha, Rodas se vanaglorió de que estaba dispuesto a poner al ejército en su lugar, además de que no ocultó su simpatía por la guardia civil.

Pero es probable que el principal factor del golpe haya sido la ambición de un hombre: el coronel Oswaldo López, jefe de las fuerzas armadas, el mismo hombre que doce horas antes del golpe militar dio seguridades públicas en el sentido de que no habría ningún golpe. El coronel López había llegado al más elevado cargo de las fuerzas armadas a edad relativamente temprana, y de acuerdo con la tradición de la política hondureña aún tenía que escalar un rango en su carrera militar: la presidencia de la república.

Alentó las esperanzas de López el hecho de que su nombre era propuesto en la convención del Partido Liberal. Pero cuando el partido no lo eligió candidato, su ambición frustrada halló expresión en el resentimiento y la cólera personales. Cuando el Partido Nacionalista, que prefería el interinato militar antes que la continuación de los liberales el poder, lo exhortó a apoderarse por las armas de lo que le había negado con el voto, la tentación fue excesivamente fuerte y no pudo resistirla.

Los jefes del Partido Nacionalista se creían gobernantes de Honduras por derecho propio. Antes de 1956 su partido había dominado la política nacional, y consideraban que habían demostrado suficiente magnanimidad al permitir que los liberales gozaran de seis años de usufructo del tesoro y los cargos públicos. El grave problema que afrontaban consistía en que el gobierno y el programa del presidente Villeda había convertido al Partido Liberal en la organización más popular, de modo que no había perspectivas de que los nacionalistas pudieran retornar al poder a través de elecciones libres. Por el contrario, el Partido Nacionalista y sus dirigentes encaraban la desagradable perspectiva de seis años más sin favores oficiales, sin los emolumentos de los cargos públicos y sin oportunidades de practicar el peculado… todo lo cual podía implicar la destrucción del partido y la ruina financiera y pública de su dirección. Era la perspectiva por demás desagradable, y no podía aceptarla. En su desesperación y de acuerdo con una añeja tradición, llamaron al ejército para que se ocupara de “salvar a la patria”.

Así, la decisión de los nacionalistas de impedir a toda costa la victoria liberal selló la suerte política de Rodas y de su partido. La actitud de los nacionalistas era que los liberales ya habían tenido su oportunidad bajo el gobierno de Villeda; ya era tiempo de que el gobierno volviera a manos más responsables. Como era imposible obtener democráticamente este resultado, se exhortó a los partidarios militares del Partido Nacionalista a que apelaran a la fuerza. El golpe fue aplaudido públicamente por los políticos del Partido Nacionalista y por los grupos de comerciantes y terratenientes.

Poca duda cabe sobre la naturaleza del gobierno que ocupó el poder en Honduras el 3 de octubre de 1963. Se trata evidentemente de un régimen que nació con el fin de bloquear las reformas consideradas perjudiciales para las fuerzas armadas y para los intereses de los sectores propietarios y comerciales. El coronel López se autoproclamó Presidente, y ejerce, como el coronel Peralta en Guatemala, los poderes ejecutivo, legislativo y judicial. Gobierna asesorado por un gabinete de nueve hombres –un coronel y ocho civiles de acentuada posición antiliberal.

Los comunistas y los castristas conocidos, tratados ahora como criminales y no como infractores políticos, han sido eliminados de las organizaciones estudiantiles y obreras. La guardia civil fue desarmada y disuelta. El ejército regular ha asumido el poder de policía, y ha reprimido eficazmente las demostraciones de los estudiantes y los obreros contra el gobierno.

¿Hasta cuándo permanecerán en el poder las fuerzas armadas? “Hasta que se hayan eliminado las condiciones que determinaron el movimiento contra Villeda”, ha dicho el Coronel López. Cuando dio el golpe calculó que ello insumiría un año aproximadamente, después de lo cual sería necesario levantar un nuevo censo electoral, después de lo cual debía redactarse una nueva ley electoral, después de lo cual se elegiría una nueva Asamblea Constituyente para que reparara una nueva Constitución, después de lo cual se celebrarían elecciones presidenciales y parlamentarias.

La duración del período implicado en todas estas actividades y la aparente falta de futuro político para los liberales impulsó a Washington (por lo menos durante cierto tiempo) a suspender las relaciones diplomáticas, interrumpir la ayuda militar y retirar el personal del programa de ayuda. Pero esta actitud no ha ejercido una influencia moderadora sobre los sombríos planes de López, y antes de terminado el año Washington reconocía al nuevo gobierno.[3]

Obra del autor:

 Poesía: Arcilla. (Editorial Pérez Estrada. San Pedro Sula. 1941); Romance de la alegría y de la pena. (Tipografía Pérez Estrada. San Pedro Sula. 1943); Voces de romance. (Selección). Alin Editores. Tegucigalpa. (1990).

Cuento: Humus (1952); Tierra ardiente (1966); Cuentos completos (1995. Óscar Acosta (Compilador) Editorial Iberoamericana) Ensayo: Juan Ramón Molina; Apuntes sobre Álvaro Contreras. (Editorial Unión. Tegucigalpa. 1983).

Historia: El doctor Alonso Suazo, Figura prominente de la medicina en Honduras (1964); Fechas de la historia de Honduras. (Tipografía Nacional. 1964); Recuerdos de España (1966); Gobernantes de Honduras en el siglo 19 (Ediciones del Banco Central de Honduras. 1978); Efemérides Nacionales. (Ediciones del Banco Central. 1980); Lempira, defensor de la autonomía nacional (1983); El golpe de Estado de 1904. (Editorial Universitaria. 1985); Astillas de Historia. (Colección Cultural Banco Atlántida. 1992); Gobernantes de Honduras en el siglo 20. de Terencio Sierra a Vicente Tosta (Litografía López. 1992).

Análisis de la obra de Víctor Cáceres Lara


Arcilla

 El criollismo de Lara se hará notar no solo en sus cuentos, sino también en su poesía, donde el personaje pueblerino será el protagonista. En el poema El romance del paisano desesperado El amor surge como el título lo sugiere: desesperado. El hombre que quiere robarse a la mujer para poder realizarse:

¡Ay si pudiera dichoso

Entre la noche robarla

Y llevarla entre relinchos

Como esperanza colmada!

 En el poema La aldeana de mi recuerdo, también un octosílabo, es la mujer entregada a la labor del campo a quien vemos, la que lleva el alimento al hombre que trabaja:

 Que sus rizos encantados

Copien siempre a la mañana,

Que lleve aún el sustento

A quienes la selva tajan;

Y que en la noche hondureña,

La dulce noche de plata,

desgrane su voz en trinos

Hechos voces de esperanza.

En Mi romance para la obrerita la mujer es idealizada y no es ya la joven de pelo negro con trenzas sino una rubia. Pero el poeta se vale del verso para hacer una crítica social. En ese tiempo, y aun ahora, el americano era terrateniente y explotaba a los trabajadores, por lo tanto aquí bien puede representar la rubia a la clase explotada por el “Gringo fiero, inhumano”:

Muchachita de ojos negros

Y del reír dulce y casto.

Rubia más rubia que el trigo

En el trigal ya cortado.

Ya sabes lo que te espera,

El GRINGO fiero, inhumano

Que ante tu empeño y tu esfuerzo

Es un pedazo de palo.

No pasarás dulce amiga,

De los ínfimos salarios…

Piensa que todo tu empeño,

Que tu gigante trabajo

Es la cadena que arrastran

Los pobres desheredados.

En Romance para mi hijo Lara muestra su humanidad, el amor por su hijo, por lo tanto el poema es de carácter personal.

Ilusión enhiesta y firme

Cual gonfalón de esperanza,

Trino que dice su arpegio

En los jardines del alma;

Voz de futuro, prendida

En mi fondo, cual la llama

Que incendia los campos yermos,

Entre el crujir de las ramas.

Romances de la alegría y de la pena


Ritmo y léxico de sabor modernista. En esta obra, la factura del verso es más

Ligera, más suelta que en Arcilla. Quizá, el mayor de ambos libros es que

Demuestran en qué medida, la realidad social se impone al escritor hondureño.

Además, informan sobre la inquietud que, por los años cuarenta (muy reciente

El fusilamiento de Federico García Lorca), había dejado el romance en el país. [4]

Hay un marcado compromiso social en este poemario. El poeta no deja de mostrar el paisaje y el personaje rural, pero esta vez con mayor énfasis en la injusticia vivida por la clase obrera. Tambien se encarga de mostrar la inocencia de la mujer, víctima provilegiada, que sufre la injusticia, como en el poema Romance trágico de Lupe Ayala

Se durmió soñando cosas

Llenas de dulces fragancias,

Desmayándose en la noche

Como flor despetalada.

Cuando abrió sus ojos tristes,

   –Pobrecita Lupe Ayala—.

La atmósfera de revolución y guerra se sentirá también en poemas como El romance de la Honduras de antaño:

Y allí venían las hordas,

Las hordas crueles y bárbaras;

Venían con sus machetes

Y sus fusiles que matan.

Cuentos completos de Víctor Cáceres Lara


Esta serie de cuentos, coleccionada por Oscar Acosta, recoge cuentos de diferentes publicaciones y otros agregados. El libro está dividido en cinco partes: Entraña, Humus, Ángulo espiritual, Don Manuel y sus cuentos y Varios.

En la mayoría de los cuentos habrán temas y características recurrentes, entre las que podemos mencionar: Sabor a la terruca, brevedad, Tragedias, Belleza, La sencillez sin malicia con la indiferencia de lo habitual, De la realidad a la forma literaria, Episodios pasionales que son recias y devastadoras y fatalismo que viene desde los orígenes étnicos y remotos.

Víctor Cáceres Lara, se valdrá del habla propia del pueblo para representar mejor sus ambientes, pondrá en boca de los personajes frases y palabras dialectales.

A continuación citaré fragmentos de algunos cuentos para ejemplificar las características antes mencionadas.

El sabor a la terruca estará en aquellos momentos en que hace descripciones de las labores en las tierras campesinas, como al nombrar los frutos sembrados en el lugar. En el cuento Juan camalote

Leemos:

“De esto hace ya mucho tiempo y aconteció en la aldea de Mejocote, lugar sumamente fértil que constituye el granero de la ciudad de Gracias. En Mejocote se cultivan abundantemente los frijoles y el maíz, así como la caña de azúcar, los plátanos y las sandías”.

La tragedia estará presente en cuentos como Paludismo, donde el protagonista muere por las fuerzas de la naturaleza:

“Una noche de octubre los hombres levantaban el bordo poniéndole montañas de sacos de arena. Las embestidas del Ulúa eran salvajes. Las aguas sobrepasaban el nivel del dique y Demetrio desapareció entre las tumultuosas aguas que minuto a minuto aumentaba el temporal”

Los caracteres del hombre pueblerino, el que lleva en su sangre el fermento de machismo, lo advertimos en cuentos como María Niceta:

“!Mirá, María Niceta: con migo tenés que vivir siempre, porque yo sé lo que digo! (Al mismo tiempo le señalaba el corvo colgado de una estaca y el montón de oraciones y brujerías que guardaba en una bolsa del pantalón).

Si no querés que te raje el cuero’el lomo o te ponga un sapo en la barriga, obedecéme y cuidáte de ir a engarracinarte con otro y salime con una pata más larga… !Por este tapesco’e cruces!…

Caracteres de la mujer pueblerina, aquella sumisa a su marido, y que permanece con el temor de la infidelidad, la advertiremos en cuentos como Paludismo:

“Y si alguna mujer te conquista y me das viaje?

Los mitos y creencias que toman vida en anécdotas, como en el Forastero:

“Cuando los Chiquilines, iban a la cama, les era prácticamente imposible conciliar el sueño. En sus mentes bailoteaban los fantasmas evocados por los viejos: el del hombre sin cabeza, el del cura penitente, el de la mujer de la cabeza amarrada, el de la doncella llorona, el del hombre sin ojos, en fin, un mundo de figuras de ultratumba traídas a la mente por las conversaciones de los vivos sin oficio”

El trabajo forzado y el sueño de los niños que no tienen oportunidad de estudiar, es una realidad también retratada en cuentos como Antolín:

“Antolín no lo sabía. Lo que sí sabía era que lo hacían trabajar más de lo debido: vender el pan en las primeras horas de la mañana; desyerbar la calle o el solar, en cuanto regresaba; ir a dar agua a las bestias, a continuación, acarrear agua en un pesado cántaro, después del mediodía; y, por la tarde, vender cuajada y mantequilla”

La mujer como víctima predilecta, la que soporta la violación y es tomada como un objeto, será la protagonista en cuentos como La revolución.

“—!A mí nada me pueden hacer ya…! !Soy demaciado vieja! A ustedes les pueden robar la honrra… !Corran a esconderse!”

“José Luís, aterrorizado, sintiéndose más tullido por el miedo, vio cómo los hombres saciaron su lascivia furiosa en sus hermanas y hasta en su madre. Oyó los gritos de las muchachas y las vio convulsionarse de dolor, en medio de las risotadas soeces de los “revolucionarios” y las maldiciones que les lanzaba la Pascuala”.

Por último hay un hábil en el manejo del humorismo. En el cuento El velorio, por ejemplo, una mujer se lamenta ante el féretro de su marido muerto, y comienza a recordarlo a medida que toca las partes del mismo, y la atmósfera se torna jocosa cuando llega al ombligo:

“!Ah tu frente querida – dijo –, tu frente que siempre tuvo pensadas de inteligencia!…

–! Tus ojos querido Bonifacio! !tus ojos que siempre supieron por ver la salú y el bienestar de los tuyos, a quienes tanto supiste querer!

— ! Tu naricita con la que respirabas el aygre para mantenerte con vida!

— !Cuánta cosquilla me hacías al principio cuando me besabas!

Se le prendió después con furia en la boca. Su vigor de mujer ardorosa y sedienta no amenguó ante el frío reconcentrado en los labios sin vida:

— !Ya no besaré más esta boca que me supo dar la felicidad en mis horas más dulces!

— !Era como hierro por lo fuerte y como de seda por lo suave y amorocito!

Llegó después al ombligo y dio a entender sollozante:

— Y qué será de este ombliguito por el que su madre la pasó los fugos de la vida!

Bibliografía:


  • Acosta, Óscar. Cuentos completos de Víctor Cáceres Lara. 1995. Editorial Iberoamericana. Tegucigalpa.
  • Argueta, Mario R. Diccionario de escritores hondureños. 2004. Editorial UNAH.
  • Gonzales, José. Diccionario biográfico de historiadores hondureños. 2005. Editorial Guaymuras.
  • Umaña, Helen. La palabra iluminada. El discurso poético en Honduras. Armar Editores. 2007. Guatemala.
  • Gonzales, José. Cronología de la Literatura Hondureña. 2008. Ediciones del IHAH.
  • Gonzales, José. Diccionario de Literatos Hondureños. 2014. V edición. Ediciones Guardabarranco.
  • Martínez, J. Francisco. Honduras Histórica. 1974. Iprenta Calderón. Tegucigalpa.
  • Martínez, José Francisco. Literatura hondureña y su proceso generacional. 1987. Editorial UNAH.
  • Membreño, Mario. Diccionario Histórico-Biográfico de la Educación Hondureña. 2005. Litografía López.
  • Sierra Fonseca, Rolando. Colonia, Independencia y Reforma. Introducción a la historiografía hondureña. 2001. Ediciones UPNFM.
  • Oquelí, Ramón. Bibliografía sociopolítica de Honduras. Editorial UNAH. 1988. Historiador. Choluteca. UNAH zepedao.ismael@hotmail.com

Valoración personal


Víctor Cáceres Lara es uno de los máximos exponente de la narrativa hondureña. Aunque también escribió poesía, la cual también de calidad literaria, sus cuentos son los más reconocidos.

Lara deja sentir la vena criollista en sus versos y en su narrativa, influenciado por esta corriente en boga para su época, dedica la mayoría de su trabajo a retratar la sociedad rural de una honduras rica en tradiciones y cultura.

El personaje campesino, la mujer y el hombre del campo, serán los protagonistas predilectos.

Su persona pasa a la historia como uno de los intelectuales más importantes de Honduras, ya como maestro entregado a la labor de la enseñanza, como político y como escritor.

[1] Martínez, J. Francisco. Honduras Histórica. Iprenta Calderón. Tegucigalpa. 1974.

2 La Tribuna.hn (12 de noviembre de 2011). La Tribuna de Honduras, ed. «Don Julio Lozano Diaz Presidente y Jefe de Estado». Consultado el 31 de diciembre de 2011.

[3] Barahona, Marvin. Honduras en el siglo XX: una síntesis histórica.

[4] Umaña, Helen. La palabra iluminada. El discurso poético en Honduras. Armar Editores. 2007. Guatemala. P. 315-317.

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