Juan Ramón Molina

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Biografía


Nacido en Comayagüela, Honduras, es el primer poeta hondureño que salió de Centroamérica para embeberse en las corrientes culturales de otras latitudes. Es uno de los grandes exponentes del modernismo en Centroamérica y su obra de gran calidad literaria lo consagra como el escritor hondureño más universal. En 1892, en un viaje a Brasil, -en cuyo trayecto escribe “Salutación a los Poetas Brasileños”- conoce al poeta nicaragüense Rubén Darío, quien incidirá grandemente en su estilo. Visitó España, donde colaboró en el recién fundado “ABC” de Madrid, y varios países de Sudamérica, dejando huellas permanentes en su obra. Castelar alabó su canto “El Águila” y Rubén Darío su “Salutación a los Poemas Brasileños”.

 Admiró a William Shakespeare y dedicó varios sonetos “El rey Lear”, “Ofelia”, “Yago”, etc. a la obra en inglés. Recibió la influencia de Rubén Darío, a quien conoció en su persona y en su obra. La influencia del nicaragüense se dejó sentir por ejemplo en “Tréboles de Navidad”, similar a la “Rosa Niña” de Darío, o en “El poema del Optimista”, posiblemente el poema que, aisladamente, más haya influido en toda la literatura contemporánea en habla castellana.

 Fue Juan Ramón Molina poeta de primerísima categoría y aunque cultivó la prosa en la que logró bellas y armoniosas realizaciones, como su cuento “El Chele”, éstas no pueden darse un puesto en la literatura universal como se otorga a su obra poética que está dentro del modernismo más puro y une la calidad poética y lo depurado de la forma con una finísima sensibilidad de que es muestra su soneto “Pesca de Sirenas”.

Fue Juan Ramón Molina hombre activo, personal y políticamente, quemó su vida en el afán de vivirla intensamente. Fue colaborador de la candidatura del General Terencio Sierra de quien se consideraba amigo. Presidente de Honduras durante el período 1899-1903, Sierra, molesto por una publicación que hizo Molina en el Diario de Honduras, bajo su dirección, lo mandó a picar piedra, encadenado, en la carretera que se construía al sur del país. El artículo que tanto lo había molestado “Un hacha que afilar”, era un conocido apólogo de Benjamín Franklin, que los acólitos de Sierra consideraron alusivo, hostil y digno de ser castigado con la prisión del poeta.

«Planfetista y periodista, coronel, político, diplomático, hombre que alcanzó altos cargos públicos y que hubo de seguir la ruta del exilio donde murió». A pesar de esta vida activa no pudo rehuir el pesimismo y el hastío tan común a los poetas hondureños y que él, como su más elevado representante tuvo en grado sumo por “La fatiga que le producía el peso ABRUMADOR DE LO INFINITO”, que muestra en el sentido macabro de sus versos “Después que muera” o en el pesimismo vital de su soneto “Madre Melancolía”. Falleció en San Salvador El Salvador el 2 de noviembre de 1908.

El 13 de enero del 2009, Rodolfo Pastor Fasquelle, Secretario de Estado en los Despachos de Cultura, Artes y Deportes renombró la Biblioteca Nacional de Honduras con el nombre de Juan Ramón Molina.

La obra de Juan Ramón Molina (Comayagüela, 1875-San Salvador, 1908) quedó dispersa en periódicos y revista de Centro América. En 1913, el poeta Froylán Turcios la recopiló y publicó con el nombre de Tierras, Mares y Cielos, un libro breve con algunos de los mejores poemas de la lírica hispanoamericana del periodo modernista: “Autobiografía”, ” Rio grande”, Metempsicosis”, “Salutación a los poetas brasileros” y ” Águilas y cóndores”, demuestran que Molina asumió creativamente la gran transformación poética que impulsó y consolidó Rubén Darío (Helen Umaña).

Vida a detalle


Juan Ramón Molina fue un ser excepcional, el tipo cabal de poeta, vidente , visionario, que se puso sobre la realidad de la vida como sobre un pedestal, y con la cabeza llena de la divina locura de la poesía, advirtió y canto, de la manera más bella, la misteriosa armonía de las cosas. Era mediano de estatura, de complexión maciza, de tez sonrosada; su rostro era ovalado, fuerte el mentón, la boca sensual y hermosa; la nariz recta, de suave azul los ojos, su frente elevada y las cejas figurando dos arcos perfectos. Sus manos eran pequeñas, sus pies breves, su cuerpo hermoso, y tenía una fuerza extraordinaria y docta agilidad de un gimnasta. Era su carácter violento, su voz varonil, y había en su mirar cierto desdén compasivo, que debe ser el que sienten los dioses por las bajas y obscuras miserias de los hombres. Sus fuertes mostachos, altaneros, dabanle cierto aire de capitán gascón, y servianle, no como para ostentar jactancias, sino para acentuar su altivez y señorío. Era su porte airoso, su paso señorial. Jamás conocí hombre alguno que estuviera envuelto en una aura más apolínea y revelase de modo más pleno como es sutil, luminaria y grandiosa el alma de los poetas. Luis Andrés Zúñiga” [1]

Antecedentes de su niñez


Allí en Comayagüela – puente Mallol de por medio­ nació Juan Ramón Molina el 17 de abril de 1875, del hogar que formaba don Federico Molina, inmigrante español, y doña Juana de Molina”[2]

Molina desde pequeño mostró un temperamento fuerte e inquieto, son muchas las anécdotas que cuentan de su infancia, “Nos refiere don Manuel Cantor, antiguo tipógrafo del diario de Honduras, y compañero de Molina, que unas de las favoritas diversiones del poeta niño era la de montar en puro lomo, con la cara hacia la cola, a un viejo caballo familiar. A todas horas del día se le veía horcajadas en su manso bayo, por las calles y callejones de Comayagüela, llamando la atención de los pocos forasteros, por el estrambótico galopar. Una vez, ya el caballo molesto con las travesuras de su amo, le dio por entrarse a la casa de doña blanca, y como la puerta de la pulpería, única que se encontraba abierta era angosta, sacó por las ancas al jinete, derribando las botellas de miel de palo y la mascadura del mostrador. A Molina que nada le importo el susto de la dueña de la casa, ni las averías, se sacudió las nalgas y volvió a montar a su manera: era un niño terco”[3] Quizás por esa terquedad sus padres deciden internarlo en el colegio de Mr. White, etapa oscura de su vida que dejara profundas huellas en su psique y así lo expresara en la sátira que le dedica al siniestro Mr. White llamándolo Mr. Black

“Su edad… seguramente se le había muerto de vieja, o tal vez nunca tuvo…. Era un hombre cerbatana…una alta osamenta cuyos huesos chocaban a cada instante; una momia colosal metida en levita, del color de la miseria, cortada por la desgracia, raída por el hambre y empolvada por el tiempo” [4] Desde su infancia Molina mostró un carácter difícil y rebelde, que lo caracterizaría durante el resto de su vida. Dicho carácter lo arrastró por un gran número de sin sabores, que lamentablemente coleccionará durante toda su vida, sin embargo, son estas frustraciones las que sublimara para crear su arte y convertirse en el máximo poeta hondureño.

Antecedentes de su juventud y estudios en Guatemala


Molina cursa su bachillerato en Guatemala, donde escribe sus primeros poemas y se laurea como bachiller en ciencias y letras, posteriormente ingresa a la carrera de derecho al mismo tiempo que ejerce como catedrático de literatura y declamación en el Instituto de Varones donde por “su origen hibuerense, su perfil de corte griego y la barba calzada —estilo prócer— que por entonces usaba, le apodan cariñosamente don Morazán” [5], Posteriormente abandona el derecho para dedicarse por completo a su vocación literaria. Regresa a Honduras aunque antes se bebe en dos ocasiones el dinero del boleto de autobús, si logra regresar es por la caridad de sus amistades. Una vez en Honduras el bardo es acogido por el presidente Bonilla, a quien Molina había apoyado, por lo cual, es ungido con elevados cargos, entre ellos cabe destacar el de vicerrector de la escuela militar. El poeta tenía que vestir uniforme de coronel cosa que al altivo Molina gustaba bastante, también fue “nombrado diputado para integrar el congreso nacional de honduras el primero de enero de 1904“ [6], más tarde funda el diario El Cronista donde se destaca como periodista, y “desde la posición elevada de una soberbia rayana en lo pedante, critico, anatemizo, ofició como censor de prejuicios, como conciencia viva de una sociedad que termino por aislarlo para acallar su voz.”[7] Protagoniza algunos duelos literarios contra escritores locales debido a su feroz crítica. Un ejemplo fue la que le realizó a la novela Angelina escrita por Carlos F. Gutiérrez, a la que llamo: “Librejo cursi y pedante, / indecente y chabacano, / que siempre tengo a la mano / cuando me tomo un purgante”[8]

En su juventud Molina tuvo una vida romántica muy intensa “tres veces encuentra a la princesa de sus delirios. A dos las hace sus esposas, y con la tercera tiene una hija. La primera lo quiere tanto que por amor del poeta rompe con toda la aristocrática familia que se opone al matrimonio. Nada puede detener la fuerza de dos corazones que se quieren. Sólo algo… y esta llega… la muerte no perdona a nadie.”[9] Su primera esposa es Dolores Inestroza, quien muere muy joven y con ella procrea dos hijos: Bertha y Marco. “Bertha se terminara suicidando y Marcos se convertirá en un dipsomaniaco al igual que su padre.”[10] Su segunda esposa es Otilia Matamoros, sin embargo, procrea una hija con Pastora Castillo. La hija de Pastora y Molina se llamó Aída, y es la única descendiente de Molina que no tuvo un trágico final. La Juventud de Molina fue intensa en el hábito literario, escribió bellos poemas y magnificas prosas. Ejerció el periodismo y fundó el diario “La Crónica”. Ocupó cargos importantes, y se involucró en la política nacional. Se enamoró, tuvo hijos y vivió a plenitud como poeta, intelectual, esposo, amante y padre; pero sobre todo como un gran hondureño ocupado y preocupado por el futuro de nuestra querida patria a la que él mismo llamo “El Mejor País Del Mundo”.

Sus Viajes


El General Bonilla envía de viaje a Juan Ramón Molina y al poeta Turcios, primero viajan hacia los EE.UU, posteriormente se trasladan a Brasil donde Molina impresionaría y se laurearía cuando en una fiesta de la alta sociedad lee su poema “A Una Muerta”. Conoce y entabla amistad con Darío, luego viaja hacia España donde gana un improvisado concurso de soneto a Darío y a Chocano, los cuales al escuchar los versos de Molina, admiten la derrota. Finalmente viaja hacia París y luego de vuelta a Honduras ya que el General José Santos Zelaya impulsa una revolución desde Nicaragua. Después de muchas tribulaciones políticas asume el poder el General Terencio Sierra, a quien Molina apoya en un principio, sin embargo, en una fiesta realizada por Terencio Sierra en casa presidencial, Molina se pasa de copas y “recomienda” al general como debería gobernar, a lo que Terencio contesta expulsándolo de la casa Presidencial, posteriormente es condenado a picar piedra en la carretera del sur y torturado en el cuartel San Francisco. Finalmente se exilia a El Salvador, justo antes de casase con Herminia Ofelia por lo que Luis Zúñiga con un poder especial lo remplaza en la boda. El poeta viajo por muchos países del mundo, no obstante, siempre le embargo un sentimiento de nostalgia. El amor a la patria que sintió Molina era tal que cuando llego a Honduras de su viaje por Brasil, Europa y Estados Unidos, escribió que “Poco faltó para que, al llegar a Amapala, abrasase a los remeros del bote que me llevaron a tierra…y al poner el pie en la sagrada tierra de Honduras el corazón me palpitaba fuertemente cosa que no me pasa en ninguna otra parte… hoy amo a Honduras más que antes de tal modo que hasta sus defectos me parecen cualidades”, tal era el fervor de Molina por Honduras, que no se podía imaginar viviendo fuera su querida patria y así lo demostró en muchas ocasiones al declinar grandes oportunidades de trabajo en el exterior.

Su muerte

La muerte de Molina está marcada por el signo de la desgracia. Murió joven y en el exilio. Herminia su esposa pierde un hijo de cuatro meses, lo cual contribuye más a la tristeza que por esa época embargaba al poeta, y lo arrastraba a una vorágine etílica. En el salvador se da cuenta que una amante suya Pastora Castillo, dio a luz una hija de él, única que no se suicida, y que continuaría su estirpe. Las deudas, la frustración, la humillación, la dipsomanía y la desesperanza llevan al poeta a morir en un estanco, que los clientes llamaban “Estados Unidos”, por intoxicación etílica y de morfina el día 2 de noviembre de 1908. “Al saberse la infausta noticia en Centroamérica la prensa se hizo en ditirambos y lamentaciones”[11] Muchos intelectuales tanto nacionales como extranjeros le dedicaron escritos. Entre ellos figuran Rubén Darío, Chocano, Miguel Ángel Asturias, Salatiel Rosales, Barba Jacob, Medardo Mejía entre muchos otros.

Molina fue enterrado en El Salvador y sus restos fueron expatriados en 1918, a partir de ese momento “la tumba de Molina en Tegucigalpa es… meca de obligada peregrinación para literatos y artistas”[12] La muerte de Molina a la corta edad de treinta y tres años nos deja una sensación de tragedia, y una interrogante ¿Cuánto hubiera evolucionado su arte de vivir más tiempo? Una pregunta que por la calidad del trabajo poético de Molina y el talento que poseía, se responde con facilidad que la intempestiva muerte del poeta nos privó de grandes obras poéticas de una calidad insospechada producto de una posible madurez estética.

Juan Ramón Molina en el contexto socio político de Honduras

En los años de auge de Molina, se encontraba como presidente de Honduras Manuel Bonilla, el cual el estimaba mucho. Su gobierno en 1906 Bonilla resistió y venció a una invasión procedente de Guatemala, empezó a soportar las intenciones de los exilados liberales de Honduras para derrocar a Bonilla, quien para esa época se había convertido en un Dictador, ayudados los hondureños liberales por elementos del ejército nicaragüense invadieron Honduras en 1907 estableciendo una junta provisional de gobierno, Manuel Bonilla trato de resistir la invasión ayudado por un menor número de tropas salvadoreñas, pero en Marzo de 1907 sus tropas fueron vencidas en batallas donde por primera vez se introdujeron ametralladoras en los zafarranchos civiles centroamericanos.

El General José María Valladares sé levanto en armas contra el Gobierno Constitucional y fue vencido en el lugar llamado “El Horno”. El Secretario de Estado de los Estados Unidos. Philander Knox, visito Honduras y fue muy atendido. El General Valladares volvió a levantarse en armas y combatido, murió en acción. El General Bonilla impulso grandemente la instrucción pública, hizo facilidades a la industria minera, edificio el Teatro Nacional, recupero valientemente el Ferrocarril Nacional, el muelle y el faro de Puerto Cortes, enfrentándose a fuerzas norteamericanas. Cuando ocurre todo este suceso Juan Ramón Molina se encontraba en Brasil.

 La Casa de Morazán reproduce una conversación con el poeta hondureño, publicada en 1906 por el Diario de Honduras.

Aquí la entrevista…


Director: Ayer tuvimos con don Juan Ramón Molina una larga entrevista, a propósito de su viaje por Estados Unidos, Brasil, Portugal, España y Francia. Bien conocen nuestros lectores el alto aprecio que siempre he tenido por el escritor, sino también por el amigo. Nuestro periódico le ha estimado como el más importante de sus colaboradores, y hoy que regresa del extranjero, lleno de vida, de salud y de ideas robustecidas con el roce de la civilización, nos apresuramos a ofrecerle las columnas del Diario de Honduras, donde verterá de nuevo muchas producciones de su pluma, hoy más brillante y poderosa que nunca. Hombre sereno y frío, cuya juventud ha sido una especie de novela, Molina se ha refugiado en la literatura como en una cima, envolviéndose allí en la nube de las meditaciones. Taine y Goethe, como dijo en el pueblo de La Ceiba, han sido sus maestros, sus mentores. Por eso contrasta la serenidad de su pensamiento con algunas páginas ardientes de su vida. Júzguesele como se le quiera juzgar, es lo cierto que, propios y extraños le consideran como algo superior y grande que está por encima de nuestro medio intelectual. Mientras publicamos algo de él, allí va la relación de nuestra entrevista.

Director: ¿Han hecho ustedes un viaje completamente feliz?

Molina: Del todo. No hemos tenido ningún contratiempo, ni en la tierra ni en el mar. La travesía a New York a Río de Janeiro fue bastante peligrosa, a causa de las malas condiciones del vapor en que íbamos. En realidad, nos aburrimos bastante, porque la distancia es grande. Largas semanas pasamos en la contemplación monótona del Atlántico, a veces tranquilo; a veces furioso, esto último especialmente cuando nos acercamos a la costa brasileña.

Director: ¿Por qué no se fueron ustedes por Europa? ¿No era más cómodo así el viaje? Casi todas las delegaciones tomaron esa vía.

Molina: Es cierto; pero a nosotros no nos quedó tiempo. Preferimos embarcarnos directamente, sucediera lo que sucediese. El doctor Dávila quería llegar en la fecha indicada para la apertura de la conferencia, y lo consiguió de sobra, porque llegó antes que Roat y que varias delegaciones. Si la travesía no la hacemos así, de seguro nos presentamos tarde en la capital de Brasil.

Director: ¿Dónde supieron ustedes las noticias de la situación anómala de la América Central?

Molina: En Pernambuco, llamado Recife por los brasileiros. Allí leyendo los periódicos supimos por el cable la muerte del general Regalado y la probable intervención de Honduras en la contienda que se dirimía. Pero nos formamos una idea cabal de los sucesos hasta nuestra llegada a Río de Janeiro, donde nos impusimos de la nota cablegráfica del presidente Bonilla al presidente Roosevelt, en la que manifestaba que Honduras no había declarado la guerra, sino que la iniciativa correspondía al gobierno de Guatemala.

Director: Por supuesto que la noticia de la guerra debe haberles causado una penosa impresión. Deben haberse afligido un poco, viéndose tan lejos, casi incomunicados con su gobierno, con la triste perspectiva de una sangrienta lucha en su país.

Molina: Eso era muy natural. En nuestro caso a cualquiera le hubiera sucedido lo propio. Pasamos algunos días con ansiedad. Pero luego nos serenó un cablegrama del general Bonilla al doctor Dávila, en el cual le decía, si no recuerdo mal, que manifestase al presidente de la conferencia que la paz era un hecho. Así lo hizo el delegado de Honduras, con gran satisfacción de los miembros del Congreso Panamericano, entre los cuales había causado mal efecto las noticias de los disturbios centroamericanos.

Director: ¿Qué opinión íntima se formó usted de los trabajos de la conferencia? ¿Es cierto que esta fue un verdadero fracaso? Muchos periódicos lo dicen claramente. Hablase de que el Brasil estaba sugestionado, de que no se trataba más que de la expulsión del comercio europeo de las aduanas sudamericanas, de que hubo poca seriedad en las sesiones.

Molina: Como usted debe comprender, no puedo en este asunto cristalizar una opinión definitiva. La conferencia tenía amigos y enemigos. Eso se vio desde las primeras reuniones. Para unos la conferencia ha sido un triunfo, para otros, una especie de emboscada. Como fui con carácter diplomático, no puedo concretar mi parecer, acabado de pasar el congreso, sin incurrir en una ligereza. Algo diré sobre él corrido algún tiempo, cuando con más seriedad examine algunos trabajos y documentos que se refieren a dicha reunión internacional, y que traje de Río. Desde luego, el tiempo no se ha perdido, y personajes y países se han acercado. ¡Quién sabe! De esa reunión puede salir, por manera extraña, algo grande para la América Latina. No digo esto, por decirlo. No. Me parece que los países latinos de este continente, después del Congreso Panamericano, se han dado cuenta, o se darán en breve, de su posición internacional, haciendo cambio de frente, más tarde o más temprano, pero haciéndolo. Es una simple opinión que luego explicaré.

Director: ¿Se pronunciaron muchos discursos notables en el seno del Congreso?

Molina: Pocos, en mi sentir. La verbosidad latinoamericana, tan hueca a veces, no pudo lucirse porque había cierta animadversión contra las charlas insustanciales. No faltó, por supuesto, quien improvisase largas arengas, haciendo sonreír a los demás. En lo general, concretáronse todos a resolver, lo más pronto posible, los asuntos que se les encomendaron, aunque no faltaron comisiones indolentes. Pero las cuestiones que debían resolverse se terminaron casi todas en brevedad, porque el tiempo apremiaba y el clima empezaba a mostrarnos su ceño adusto. Según se decía por lo bajo, casi siempre se presentaban casos de fiebre amarilla, y hasta la peste bubónica apareció a cuatro horas de ferrocarril de la capital. Por consiguiente, todas las delegaciones querían marcharse pronto.

Director: ¿Quiénes les recibieron en Río? ¿Se les dio muchas fiestas?

Molina: Al principio casi todos los festejos fueron dedicados a Roat, pero, habiéndose marchado este a la Argentina, comenzó una serie de fiestas dedicadas al Congreso Panamericano. Hubo banquetes, bailes, recepciones, paseos de mar, excursiones e iluminaciones. Tal vez el gobierno de Río no estaba muy preparado para recibir a las delegaciones, pero hizo lo posible por quedar bien, en la medida de sus fuerzas. La mala condición de los hoteles, lo caro del hospedaje, los precios inverosímiles de los coches, etc., contribuyeron un poco a quitarle el brillo a nuestra estancia en la capital de Brasil. Sin embargo, todos o casi todos salimos satisfechos.

Director: ¿Cuándo se embarcaron ustedes para Europa?

Molina: El 29 de agosto, a bordo de un magnífico vapor inglés, el Atrato. Hicimos una travesía feliz, desembarcando en Portugal. De allí nos dirigimos a España, encontrándonos en Madrid el 15 de septiembre. Permanecimos en esta ciudad cerca de diez días y salimos de ella para París, después de visitar Toledo y El Escorial. En París estuvimos cerca de tres semanas, embarcándonos en Bolonia, a bordo de un gran vapor alemán, para New York. En esta ciudad nos separamos del Dr. Dávila, que tuvo que venirse por la costa norte, donde tenía que arreglar asuntos particulares, embarcándonos a bordo del Tagus para Colón. Cruzamos el istmo, estuvimos en Panamá algunos días, y llegamos el trece de este mes a Amapala, a bordo del vapor Perú.

Director: ¿Viene usted muy contento de su viaje?

Molina: Bastante. He conocido muchas ciudades, cruzando grandes mares, visto nuevas cosas, que tienen que influir poderosamente sobre mi espíritu, modificándole y fortificándole. Nuestro viaje ha sido verdaderamente feliz, tanto por la armonía que ha reinado entre nosotros como porque no se nos presentó ningún inconveniente mayor.

Director: ¿Cómo se llamará el libro de impresiones que publicará usted?

Molina: Se llamará “Tierras, mares y cielos” y lo dedicaré al general don Manuel Bonilla, como se comprende, será una serie de impresiones rápidas, de sensaciones de viaje, escritas a vuela pluma, a bordo de los vapores, en los cuartos de los hoteles. No tengo la pretensión de producir una obra profunda, porque sería imposible escribirla en las condiciones de rapidez con que viajé por América y Europa. Breves descripciones, cuadros marinos, semblanzas de algunos hombres notables, poesías concebidas de repente, croquis de grandes ciudades, algo, en fin, de todo lo que me ha hecho meditar en mi reciente éxodo. Paisajes, mares, monumentos, poblaciones y perspectivas desfilarán en mi libro como en una vista cinematográfica. En su periódico, próximamente insertaré algunas prosas y poesías.

Director: ¿Se ha relacionado con algunos literatos prominentes?

Molina: Con todos los que fueron a Río y con algunos que conocí en Europa. Puedo decir que se me tache de inmodesto, que he sido muy apreciado de ellos, según las muestras de consideración que recibí. Casi todos me conocían de nombre, lo mismo que a mi compañero el señor Turcios. Ambos nos hemos relacionado muy bien, encargándose el señor Dávila presentarnos a personajes de otra índole.

Director: ¿Qué idea se ha formado de su país a su regreso? ¿No le parece muy triste? ¿Le tiene más o menos cariño? Hable con franqueza.

Molina: La idea que tengo hoy de Honduras es la que me llevé: que es un país aunque con grandes fuentes de riquezas, pobre relativamente. Tenemos poco territorio, exiguas rentas, escasa población. Nuestra patria, para decirlo de una vez, es muy humilde, de las más humildes del mundo. En el mapa casi no se echa de ver. Pero, precisamente por eso hay que amarla más. Y nunca –lo digo con el corazón en la mano- la he querido más hondamente que a mi regreso. Poco faltó para que, al llegar a Amapala, abrazase a los remeros del bote que me llevaba a tierra. Es que el amor de la patria, dormido cuando uno está en ella, se despierta terriblemente en el extranjero, siempre que uno no sea un nómada cosmopolita o un degenerado. Yo que, por mis aficiones y correrías literarias, he vivido mentalmente en otras regiones, sentí algo así como nostalgia en diversos lugares. Al poner el pie en la sagrada tierra de Honduras sentí que el corazón me palpitaba fuertemente, cosa que no me ha sucedido en ninguna parte. Por eso debe causar risa o desprecio quien, por haber viajado, en el extranjero, se cree autorizado, en su torpe necedad, para burlarse en seguida de sus compatriotas y del suelo que le vio nacer. Hoy amo a Honduras mucho más que antes, de tal modo que hasta sus defectos me parecen cualidades, después de ver en otros países tantas cosas tristes, a la vez que tanta civilización y progreso. Ayudaré, pues, con mi esfuerzo mental, a la labor común de engrandecer a mi país, el mejor del mundo para mí.

[1] Perez, Eliseo. Et al. 1994. Juan Ramón Molina, Vida y Obra. Alin editora. Tegucigalpa, Honduras. p.5

[2] Ibid. p.4

[3] Ibid. p.17

[4] Perez, Eliseo. Et al. 1994. Juan Ramón Molina, Vida y Obra. Alin editora. Tegucigalpa, Honduras. p.6

[5] Perez, Eliseo.1966.Habitante de La Osa. Editorial Nacional. San Pedro Sula. p.25

[6] Rivera, Humberto.2007. Juan Ramón Molina. Editorial Universitaria. Tegucigalpa, Honduras.p. 70

[7] Molina, Juan Ramón.1977. Tierras, Mares y Cielos. EDUCA. Costa Rica. P.15

[8] Rivera, Humberto.2007. Juan Ramón Molina. Editorial Universitaria. Tegucigalpa, Honduras. p.50

[9] Ibid. p.85

[10] Ibid. p.85

[11] Perez, Eliseo.1966.Habitante de La Osa. Editorial Nacional. San Pedro Sula. p.156

[12] Ibid. p.158

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